viernes, 12 de diciembre de 2014

La Montañita que conocí

POR CARLOS JURADO PERALTA

La primera vez que fui a Montaña fue en abril de 1985 con unos amigos que estaban paranoicos por olas grandes, no porque las quisieran sino que más podía su sed de farándula y sus ganas de contar historias amagadoras en Guayaquil, así llegamos un fantástico y radiante día de abril, me parece que era la tercera semana, el agua estaba cristalina, medio fría, no conocía a nadie así que me hice el gil y fui a la tercera sección, casi en la orilla, respetando mi condición de recién llegado, a partir de ahí me prometí a mí mismo que algún día sería local.

Poco a poco fui avanzando, como quien no dice nada y me quedé en la segunda sección, allí tomé un par de olas, las sobras, las despreciadas, así que al embarcarme sentí claramente como si alguien le hubiera puesto motor a mi tabla, era como si repentinamente adquiriera vida propia. Para mí fue suficiente, mis panas no cogieron ni media ola, estaban paralizados de pánico, si mal no recuerdo era marea media subiendo, a la larga, la mejor para surfear bien.

Hasta 1988, año en el que me establecí en Montaña, fui muy de vez en vez, honestamente me sentía cómodo en Coito, Engabao, El Pelado, El Faro, Miramar, Chuyuipe, Capaes (en los nortes fuertes) y Paco Illescas, además de Playas per se, así que no estaba estresado por más, no obstante, cuando tú buscas mejorar tu nivel debes tomar una decisión, y la mía era ir o ir a Montaña.

En aquel 88 estaba liado con una chica que dizque estaba divorciada, luego me enteré que estaba bien casadita (pobre marido), con ella nos escapábamos a Montaña, cuando fuimos por primera vez me preguntó “¿has surfeado Montaña grande?”, “claro”, respondí, “¡por supuesto!”… ¡tuco de mentira!, nunca había surfeado Montaña grande, pero ahí comenzó mi desafío. Meses van, meses vienen, terminé esa relación intensa, carnal, obsesiva y me quedé libre para surfear ahora sí con más confianza, 100% soul a un nivel superlativo. Éramos mi carpa y yo, no había horarios, no había formalidades, no había horas de entrada ni de salida, la palabra rutina no había llegado a Montañita, era algo de la civilización.



En esos años si querías comer bastante y súper barato te ibas donde Helena, justo en la mitad del pueblo, todos entrábamos a ver qué cocinaba, elegíamos el pescado, los pedazos de chancho o chivo, o lo que furere, los verdes, los maduros, las papas y hasta las cebollas. Era comer a lo loco y barato, increíblemente barato, inclusive para los parámetros de los chiros como yo en ese entonces.



De tiempo en tiempo, cuando las cosas mejoraban por alguna comisión que me ganaba comía donde Ned en elRincón del Amigo y hasta me tomaba cervezas, con el tiempo yo le llevaba cervezas y licores importados y cruzábamos cuentas, las cosas mejoraron notablemente pero no dejaba de ir donde Helena. Las noches de verano eran frías y con mucho viento, un día vi el termómetro y marcaba ¡14 grados!, creo que fue en 1991. Yo era feliz.

El hecho de llegar a Montaña era toda una hazaña, el carretero quedó destruído en 1983 por El Niño y recién estaban haciéndose trabajos de mantenimiento, hubo años en los que tardábamos solo 40 minutos desde Santa Elena, otros en cambio, hasta dos horas, claro que siempre había la opción de irse por la playa, pero esto funcionaba solo en marea baja, a mí me parecía fabulosa esa alternativa.

No había nada como llegar a Montaña encima de una chichera, es decir, en el techo, porque los asientos eran incomodísimos, mirando atrás no comprendo cómo pude haber sido tan irresponsable…, y eso que no les cuento cuando viajábamos a Río Chico en el techo también pero en los buses de la cooperativa nosécuantito que iba volando. Una vez invité a un amigo brasilero, Paulón, que en diez meses estuvo dos veces en Montaña, un mes por vez, cuando llegamos a Río Chico después de tremenda experiencia me prometió que no se iría de Ecuador, que esa vivencia extrema no la tuvo ni en Indonesia…

El personal de Montaña, los asiduos, llegamos a formar una cofradía, un grupo cerrado que defendíamos la playa de los abusivos, los gogoteros y demás personal de temporada; la limpiábamos, la cuidábamos, a veces hacíamos fogatas, lo cual era bastante difícil por el viento de verano, más era la nota de encenderla que el calor, a la larga la gente se iba nomás a sus cuartos porque el frío los congelaba.

La luz eléctrica se iba y venía, nunca era estable, el agua potable llegaba por horas, pero ¿a quién le importaba?, si igual te metías en el mar y ya. Para finales de 1988 yo era un local más, eso me gustaba; en 1989, año en que estaba prohibido salir de la URSS y de Alemania Oriental había gente que llegaba de esos países (no sé cómo) a Montaña y en noches de temporada escuchabas no menos de diez idiomas distintos, una vez conté viente: ruso, checo, alemán, francés, árabe, hebreo, italiano, inglés gringo (cuándo no), inglés británico, inglés australiano, indi, etc., etc., parecía Babilonia, o la ONU.

Se suponía que en Montaña penaban espiritus pero yo no creía en eso, así que una noche después de surfear como loco y de tomarme un par de Pilsener me fui a dormir, estaba profundamente dormido cuando me sacudieron fuertemente la cama donde estaba (no era propiamente una cama, era casi como una pero no, no era una cama) y me desperté por la violencia del sacudón, no quería abrir los ojos porque no quería ver a La llorona junto a mí así que los abrí poco a poco, cuando me fijé bien, el cable del que colgaba el foco se movía de un lado para otro violentamente, salí corriendo del hostal y vi a Gabriela y Ned que estaban afuera también: hubo un temblor de esta vida y la otra.

Y no, no tuve ninguna experiencia paranormal por si acaso, pero sí se hablaba mucho de las cosas sobrenaturales que pasaban, excepto cuando mataron a Ned y lo velaron, eso fue en 1992 y nunca más regresé a Montaña sino un año después únicamente para cumplir un compromiso adquirido con unos auspiciadores para organizar el torneo internacional de surfing de 1993. Desde ahí volví en 2002 solo para comer.

Ese fin de semana, en el que murió Ned (el fundador del Rincón del Amigo, a quien llegué a querer muchísimo, lo consideraba mi segundo padre), entraron unas olas impresionantes, yo estaba acampando porque no quería perderme el swell pero no pude dormir, los aullidos de los perros eran algo que te hacía espeluznar el cuerpo, fue horrible, creo que duró dos o tres noches, pero lo soporté por las olas, coincidió con unos amaneceres hermosísimos, de película, entre dorados, violetas y rosados, con viento off shore, con olas grandes, perfectas, en tandas de diez a quince y para mí solito; todo eso está en mi memoria, creo que valió la pena resistir ese ambiente escalofriante.

¿Qué recuerdo de esos años?, la absoluta libertad, la sensación de que nada había más en el mundo sino una buena ola que correr, un buen pescado para la cena, el buen rock, un buen libro y una cerveza helada, pero la vida no puede ser tan liviana como eso, digo, así que aunque seguí surfeando en otras playas unos años más también seguí buscando cómo realizarme como persona, así que continué estudiando y tratando de avanzar en otros aspectos. Ahora, con algo de estabilidad financiera puedo sentarme a escribir mis experiencias de todos esos años para que no se pierdan sino que puedan ser contadas como historias de alguien que vivió la transición de Montañita, desde la que estaba en estado puro hasta su estado comercial, que no me gusta para nada.

Mi recomendación para los jóvenes es que se atrevan a vivir sus sueños, que vivan una vida sana pero que se preparen para el futuro porque los años pasan sin previo aviso y demasiado, demasiado rápido.

El autor


Mucho de lo que cuenta el autor...en video.